“Quiero verte…” Era ese el mensaje que ella siempre enviaba, pero que nunca recibía.

Y la respuesta era la misma:

“No puedo.”

Aunque en realidad quería decir más que eso:

“No puedo hacerte perder el tiempo mientras intentas conquistarme, porque no lo lograrás, porque he decidido que no lo harás, no puedo fingir que te escucho mientras hablas, cuando me quedo en silencio a tu lado mientras pienso en alguien más, mientras la extraño. No puedo darte el tiempo que me sobra, sé que luchas por él y que hasta lo mereces por lo buena que has sido conmigo desde que te conozco, pero simplemente no quiero dártelo. No puedo, no puedo y no quiero lastimarte.

Sin embargo tampoco puedo decírtelo porque sé lo que a continuación harás, me mirarás en silencio mientras tus ojos se cristalizan  y me preguntas porqué soy tan cruel contigo; Y no quiero que te alejes porque, a veces, me gusta estar contigo, porque cuando no me queda nadie más sé que estarás tú, dispuesta a aceptar cualquier muestra de mí, cualquier sobra de mi tiempo, cualquier miga de cariño resentido que no puedo entregarle a quien verdaderamente quisiera.

Pero de verdad que hoy no puedo y me inventaré mil pretextos, al fin y al cabo la práctica hace al maestro y tú todos y cada uno los crees,  aun cuando no son creíbles, porque para ti es mejor creer en una mentira que consciente estás de que lo es a aceptar que no quiero verte, porque eso, querida, te destrozaría.

No puedo verte simple y sencillamente porque no quiero verte, porque no te extraño, porque no hay nada que pueda añorar de ti, porque el amor que me proclamas con tus detalles inocentes me asquea, me provoca querer salir huyendo de ese lugar, no te quiero, no me gustas y nunca lo harás.”

Todo eso resumido en una sola respuesta que al final se termina por aceptar:

“Lo siento, no puedo verte hoy.”

 

por Miriam Granade



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