Voy a elevar un suspiro que llegue hasta ti. Que se introduzca entre esta negrura y esta profundidad absoluta que se ilumina únicamente por las estrellas, y que a través de la tierra, llegue hasta ese lugar diminuto donde ahora se encuentra tu cuerpo, ese cuerpo frío que tantas y tantas veces acaricié antes. Mi suspiro, que ha de llegar a ti… Mi amor…

Me gustaste. Nunca hubiese estado contigo si al menos no existiese algún tipo de atracción entre nosotros. Eres guapo y atractivo. Con bellos ojos verdes. Sé que cuando nos conocimos, muchas de tus amistades se preguntaron: ¿Qué viste en ella? ¿Cómo es que estás con ella? Y si,  puedo comprenderlo, no es que sea fea pero si muy diferente a ti. Antisocial, detestable  y soberbia. Tú, alguien amado, apreciado y admirado. Pero todos ellos no sabían que como yo, nadie te hacía el amor. Que nuestra cama era fuego y te extasiaba infinitamente. Fui tu alma gemela. Me lo dijiste muchas veces. Lo que yo era para ti, jamás lo encontrarías en nadie. En realidad nunca me importó lo que la gente pensara, tú estabas atado a mí, en mis manos, eso era lo único que podía importar.

Nunca acabas de conocer a las personas. Pero nunca te importó eso. A los seis meses saliendo me pediste vivir juntos. “Un paso importante, deberías pensarlo”, te dijeron. “Ella es la indicada estoy seguro”, contestaste. Que importa lo que venga si al final estaríamos juntos. Nadie y nada importaba sólo tú y yo. “Hay algo extraño en ella que no me inspira confianza” dijo tu madre. “Ella es el amor de mi vida madre, ya la amarás como yo”. La verdad nunca llegó a amarme estoy segura de ello, menos ahora.

Esto no fue personal, debes comprender donde quiera que estés. En realidad fuiste un buen chico y el hecho de que no te amara no significa que merecías esto. Pero … ¡Esas voces dijeron que así debería ser!

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Por eso estamos aquí. Lo que debe hacerse debe hacerse. Yo debía liberar mi alma. Por eso esa noche busqué por los bajos mundos quien pudiera venderme una droga capaz de inmovilizar tu cuerpo pero mantenerte consiente, una dosis alta. La necesitaba alta pues una dosis pequeña te dejaría eufórico, mientras más dosis fuera dejaría tu cuerpo inmóvil y a tu mente relativamente consciente. Darte a beber la copa fue simple. El mayor problema es que se me pasara la mano y terminaras muerto en el instante. Una dosis extrema. No pasó así. Entre tu euforia y tu pérdida del sentido te hice el amor una última vez. Insisto, siempre me gustaste.

 No me lo tomes a mal. Herir tu cuerpo con cortes pequeños sólo era parte del proceso. Debo mandarte de cierta forma al inframundo, dicen las voces que así que tu sacrificio valdrá  la pena, y que entonces ellas se irán, como otras tantas veces. Descansaré por un tiempo hasta que decidan volver.

Como pude te arrastre al patio donde pude cavar con antelación un hoyo algo profundo. Construí esta caja de madera. Recordarás que me preguntaste qué era y te dije que era un baúl-mesa. Bueno pues es la misma. Esta mal hecha lo sé, más también tú sabes que nunca fui buena con manualidades. Y… ¡Henos aquí! Yo tratando de descansar de este gran trabajo y tú, quizá aún no mueres, aunque yo… ¡Ya enterré tu cuerpo!

Morirás lentamente, no sé si llegará antes del desenlance, tu cuerpo rígido a cobrar movimiento. La verdad lo dudo pero bueno, todo tiene cientos de posibilidades.

Voy a elevar un suspiro que llegue hasta ti. Que se introduzca entre esta negrura y esta profundidad absoluta que se ilumina únicamente por las estrellas, y que a través de la tierra, llegue hasta ese lugar diminuto donde ahora se encuentra tu cuerpo, ese cuerpo frío que tantas y tantas veces acaricié antes. Mi suspiro, que ha de llegar a ti… Mi amor… A tu tumba eterna donde has sido enterrado vivo.Llegará a ti mi suspiro y con el me liberaré  ¡De estas voces en mi cabeza!

No fue personal, espero lo entiendas. Matarte nunca fue el plan, el plan es ayudarle a la muerte a hacer su trabajo. La parte sucia de su inminente labor.

 

por Edith Neri



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