Ella iba en su camino, leyendo libros de cosas que pensaba entender después e iba subrayando frases y párrafos para después leerlos y leerlos una y otra vez pensando llenarse de cultura y vida, aprendiendo de las vivencias de los que escribieron…

La vida se vive en vida, en atravesar la calle y caminar descubriendo una tienda y una fonda escondidacon manjares de un pueblo entero…
¡Claro!, eso pensaba yo que la venía viendo sin problemas…

Yendo en el camión muy cómodamente sentado, me levanté para darle el asiento…
Y en realidad no quería ver lo que ella leía, simplemente un escote con la vista entera de su pecho no se podía evitar por nadie, era como pensar que el sol es solamente para unos cuantos; pero ahí estaba yo, tratando de mirar a otro lado, su escote me invitaba a descubrirlo, seguramente ella se dio cuenta que yo estaba ahí parado y era obvio que la iba a mirar, ¡era imposible no hacerlo con un escote tan pronunciado!


Tal cual como me dijo alguna vez mi amigo Claudio: “chichis son chichis, no importa cómo sea la mujer” al final creo que lo entendía y le quitaba un tanto el título de lujurioso, yo estaba ahí y sólo pensaba de esa forma.

En ese momento pensé en acercarme a pedirle que saliera conmigo y como en las películas porno, invitarla a cenar y ella ofrecerme ir a su casa, llegar con botella de vino y quesos, pedirle permiso para pasar al baño y al salir recibirme sin ropa en el sofá y entonces ver desnudo ese pecho que me hacia fantasear…

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El chofer del camión parecía estar de mi parte, de la nada entró a una calle empedrada y entonces el espectáculo tenía un bailable increíble, ¡ni el mejor concierto ni la mejor película se podían comparar!, ya casi iba a llegar a mi destino y no me importó, había asientos libres pero no podía dejar de mirar, tenía que estar en primera fila, seguramente me perdí en mis ideas porque del inframundo me llegó una mano empujando y una frase en voz alta a mis oídos que decía: ¡ya quítate, me tengo que bajar!; curiosamente era yo el que me tenía que quitar, me hice a un lado y ella, la del escote me decía entre sonriente y seria: ¡gracias!; cuando ella estaba a punto de bajar me sonrió y con su mano me dijo adiós.

Intente bajarme, pero algo en mí cambio drásticamente y la pena me detuvo obligándome a sentar para no mostrar el gusto de haber sido espectador de ese escote que me decía adiós…

 

por Gabriel Guevara



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