Estoy seguro de que no era lo más conveniente; era una reunión de amigos, pero ella y yo no estábamos ahí; estábamos quizá con la idea de que el reunirnos con ellos era memorable, pero cómo dejar pasar esta oportunidad, tenerla aquí, montada en mis piernas, desnuda, con ese ir y venir de su cuerpo…

Sus caderas no paraban de moverse; jamás imaginé que sería así el tenerla entre mis brazos y su cuerpo… Menuda y entera en sus besos que no paraban de llenarme, ¡de completar mis deseos!, sus nalgas calientes en mis muslos parecían pertenecerme… ¡Ese calor!, ese aliento y el olor de su piel…

El teléfono sonaba cada diez minutos, apagamos los oídos, sabíamos que eran los amigos en la reunión, quedamos de llevar la bebida, pero la bebida estaba aquí con nosotros y resolvimos beber y bebernos completos, ¡gota a gota!; bebía de ella ese calor y su savia se derramaba en mis labios, no podía parar.

Lenta y pausadamente, lenta y con calma nos íbamos llevando de la mano a nuestros cuerpos y los sabores se derramaban el uno en el otro, el sudor era interminable, se convertía en insulto el simple pensamiento de separar nuestros cuerpos; fuimos todo en varias ocasiones, estoy seguro que ninguno imaginó en hacerlo antes, ¿cómo podríamos haberlo pensado cuando ni siquiera eramos afines en nuestro pensar?… Quizá fue que nunca nos acercamos tanto y esto sucedió por la clásica y simple pregunta que todos hacemos en un saludo:

“Hola, ¿cómo estas?”  ¡tan sencillo!, pero cuando el universo está a tu favor todo se complementa… La historia siempre puede cambiar, como el clima de Domingo por la noche.

Su pecho se erguía sin pena y su mirada daba esa confianza de ir abriendo cada botón, esos labios saboreaban deliciosamente cada centímetro de mi falo erguido que en un sinnúmero de ocasiones hacía que no muriera, que volviera a la aventura de su cuerpo y disfrutara más cada centímetro de ella…

Miraba sus ojos entre la idea de pedir permiso y avisar solamente que era mía, que ya nada lo podía impedir, cada momento se hacía tan eterno en placer y tan corto en manecillas, no quería que acabara la tarde… Los dos sabíamos que había que continuar con nuestras vidas, en la monotonía que hoy hacía un hueco en el universo para iluminar la habitación con los deseos perdidos y encontrados; en esas horas de no sé cuántos minutos que se acababan.

La luz que atravesaba las cortinas nos dio el aviso de volver a la vida infame que transcurría en la calle, vestimos los cuerpos y despertamos a la realidad de los mortales; retomamos de nuevo el tiempo. Ella tomó un taxi con rumbo a los amigos y yo caminé con calma y un cigarrillo.

¡Hola!

Dijo ella cuando entré a la reunión…

¡Hola! hace mucho que no te veía, ¡es como siempre un gusto verlos a todos!, ¡salud!

¡Ya los extrañaba!

 

por Gabriel Guevara



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