La pregunta aquí es cómo acabé desnudo, una navaja oxidada en mi mano y delante de un televisor que sólo sintoniza restos de la gran explosión que dio creación al universo.

Lo presenciaba a sólo unos metros, la luz entrando por unas cortinas rojas de terciopelo que le hacía honor a un motel barato y esos ruidos en el baño que me despertaron, al parecer había tenido sexo con alguna criatura extraña con corazón humano.

Habíamos salido cuando aún era de noche, sin ser vistos nos paseamos por los corredores, era nuestro frenesí voyerista, forzando puertas cerradas y entreabiertas. En un momento de excitación corrimos hacia el carro, iba a toda velocidad, los cigarros consumidos se convertían en luciérnagas justo frente a mis ojos, las latas de cerveza vacías hacían eco contra el pavimento, sólo el eco parecía calmar el hambre, quedamos suspendidos en el tiempo, escuchando la estridencia de la oscuridad.

En un recuerdo sin vestigio aparecimos en un museo, mirábamos los cuadros de Diego Rivera, la criatura se mostraba un poco sospechosa, de la nada sacó una navaja y se abalanzó contra el cuadro rasgándolo por completo, Intente detenerle, gritaba de rabia que los cuadros eran retratos de su vida y que Diego Rivera era su padre, los guardias corrían hacia nosotros, sólo permanecía ahí con restos del lienzo entre las manos; yo me quedé inmóvil ante tal horror, las piernas se me acalambraron.

Le miré y sólo lloraba, lloraba intentando prender un cigarro, con el cual haría desaparecer el resto de la obra, sin evidencias de su vida, en un soplido de compasión y espontaneidad corrí hacia donde se encontraba, tomé su brazo e hice que huyéramos.

Seguía llorando incansablemente, los guardias nos persiguieron por largo rato, hasta que nos metimos por un callejón, subimos por las escaleras de un edificio, hasta la azotea intentaba calmarle, pero las lágrimas no cedían, se sentó aferrándose al lienzo, le hacía preguntas y no me contestaba…

Después de un rato me acerqué, observé que sus lágrimas habían cubierto el cuadro y me di cuenta que entre la superficie de las lágrimas y el cuadro, la imagen cambió, no era la misma; empezó a reír, después de secarse las lágrimas, se paró y me dijo que las obras expuestas eran replicas y que esa obra que destruyó era suya, sólo que no le había gustado como había quedado.

Miré fijamente a la criatura, sus ojos me dieron pánico, seguramente en las entrañas llevaba hombres como yo, o aún peor, sólo los dejaba desangrarse y después verlos morir, me aferré a la idea de que yo fuera la excepción.

Siempre empuñando frívolamente mi navaja oxidada, esperando clavarla en su corazón humano de ser necesario.

 

por Julian Romo



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