Te veo dormir. En tu rostro una expresión serena y calmada. En medio de las sábanas blancas tu cuerpo atlético y desnudo se dibuja sensual. Tu torso tibio y suave. Tus brazos que aún relajados enmarcan tus músculos. Tu cabello castaño  y tus labios sensuales. Tus piernas fuertes que se enredan en tus muslos bien torneados y que cubren también tu sexo.  ¡Cómo me gustas!

Llevo puesta tu camisa sobre mi piel y mi cuerpo desnudo. Percibo tu aroma sutil y varonil. Está impregnado en mi piel, inyectado en cada poro mío tu esencia. ¡No olvido tus caricias! Tus caricias en mi cuerpo entre el crepúsculo y el alba, cuando derrochamos placer amándonos uno al otro. Fuimos uno los dos. Eres mío y yo de ti.

Sin medida y control me hiciste el amor del mismo modo que te lo hice yo, así ha sido noche tras noche desde que llegaste a mí. Noche tras noche has venido a mí para acurrucarme en tus brazos para perderte en mi cuerpo y para juntos volar al paraíso.  A la cumbre del placer. Sin penas nos amamos, sin pudor nos tocamos y es que somos tú y yo libres.  Es hacer el amor y es tener sexo contigo. Una doble sensación de placer.

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Te veo dormir tan sereno. Y tu cuerpo me enciende aún en su estado inconsciente. Eres mi mejor insomnio.

Me gustas todo. No hay nada de ti que cambiaría. Excepto ese tiempo en el que decides partir. Pues si fuera de mí, te haría el amor noche y día y de tiempo completo.

Te despertarás y te irás. Volverás a mi y tomarás mi cuerpo. Serás mío de nuevo. Aunque seas mi amigo, te comparto el placer que brinda mi cuerpo.

Estás dormido aún y yo deseosa de sentirte en lo profundo de mí.

Despierta, amémonos y es que eres para mí.

 

por Edith Neri



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