Ocurrió en uno de esos días con nombre y ya sin sol, sin fecha especial que evocar, ni acontecimiento histórico qué festejar; uno de esos días en que el cielo se pinta tan gris, que pareciera contener su llanto, pero simplemente no pudiera acabar por desahogarse. Digamos que fue un buen día disfrazado de malo.

Este día del que tanto hablo y del que creo faramalla, tuve el tino y encanto de volverle a ver y por Dios que jamás imaginé cuán importante llegaría a volverse. Porque esto mismo es la yaga en el proceso de conocer, que uno sea incapaz de escuchar el enamoramiento detrás de su aguda voz, o leer la cantidad de desvelos entre el rabillo del ojo y un iris claro. Hasta que, bueno, es demasiado tarde y ninguna llave abre las salidas de emergencia.

Ciertamente,jamás me situé en una situación similar, donde me sobraran motivos y me faltaran excusas para llamarle en las noches que daba vueltas detrás de mis ojos, incansable.
Nunca supuse que, en sus conversaciones sobre la final del mundial, o mi gusto por escribir, fuera el resultado final. Sería el mismo con un andar único, terco, como un viejo cascarrabias.

Despejar la mente, ocuparla en banalidades o distracciones, exprimirme el corazón para alejar su idea no daba resultado. Era… Digamos, la más hermosa de las frustraciones, porque evadirlo en el pensamiento tenía indudablemente el mismo resultado.

Era como multiplicar por cero, o leer un bello palíndromo. Aunque pusiera de cabeza las ideas o las situaciones, él, con un “Hola ¿me extrañaste?” muy desvergonzado y más cabrón, salía a la luz entre el hipocampo y la corteza cerebral. Me recordaba que no había otro lugar para mirar que sus ojos y un motivo para despertar por las mañanas que el aroma de “quizá lo veré hoy” en el aire.

Éramos aves de paso, que buscábamos volar entre la ligera brisa que se colaba por la rendija debajo de una puerta bien cerrada por el tiempo.Cada uno buscaba emprender el vuelo a su manera y, constantemente soñábamos con encontrarnos allá, arriba.

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Él… Bueno, el era la clase de ave, tan hipnotizadora que deja un hueco en el alma tener encerrada, y digamos que sus colores simplemente eran tan cautivadores, que yo lo supuse en peligro de extinción.

Con el cruce de los días y de las miradas, supe que podríamos volar juntos, vernos a mitad de solsticio de verano y montar la brisa con nada más que un par de sueños, quizá muy gastados y unas maletas con poco menos o poco más que lo necesario para soportar un trayecto sinuoso y complicado.

En el arte de extender mis alas y flotar a la deriva del viento, yo miraba el mundo cada vez más pequeñito y debajo mío, que perdía el suelo cuando compartíamos miradas. Estaba a diez mil pies de altura no me daban ni poquito miedo las alturas. La miraba y volaba, la miraba y volaba.
Descubrí que en materia de alas, sólo estaba falto de horas con él y que la hélice me la estaba improvisando a medida que su sonrisa hacía aparición.

Le conté a mitad del alma y un suspiro, que las lecciones de vuelo salían sobrando cuando la vista que tenía era su rostro. Le conté cómo adoraba su sonrisa y la risa que se escondía dentro. Le conté cómo allá arriba, con él, la vida era tan absurdamente hermosa como un atardecer.

Le conté, que nuestro amor se cosechaba como la calabaza más grande del condado. Le conté al oído qué bien saben, las casualidades cuando se les adereza con amor.

Le conté, bueno… Le conté los lunares y sí que fui feliz haciéndolo.

 

por Mariana Yescas



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