Nunca he sentido afinidad por la compañía, menos por aquella que suele acaparar demasiadas horas de mi tiempo, realmente nunca he podido compartir – ni siquiera un par de horas – con alguien, sin que en algún momento, me sienta invadido en mi espacio, atosigado por el contacto físico que implica un abrazo, o fastidiado por esa absurda y trivial necesidad de hablar todo el tiempo.

Encontrarme acompañado por personas que logren apreciar el atractivo de la soledad, es algo que puedo llegar a valorar con demasiada gratitud, el respeto a mi espacio, la tolerancia a mi fiel costumbre de vivir con silencios, la cortesía ante mi imperante necesidad de encontrar felicidad, incluso en la sencillez del vacío.

Sin embargo, todo lo que conlleva este preponderante menester, no implica una renuncia a la convivencia con los más cercanos, tampoco una desatención respecto a las necesidades de otros, incluso tiendo a ser más comprensivo con el resto, una vez que logro identificarme en sus necesidades.Pero contigo, las cosas son un tanto distintas…

Suelo sentirme especialmente alegre cuando hablo contigo acerca de cualquier cosa, también cuándo no hablamos, en efecto, justo cuando sólo nos miramos con cierta complicidad en la mirada, cuando nuestros ojos se dicen entre sí mil y un palabras que únicamente ellos entienden, cuando las palabras son sustituidas por un tenue silencio que envuelve con calma lo que parece que ambos sentimos.

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Suelo sentirme inusitadamente contento, cuando permanecemos sentados uno al lado del otro, cuando nuestras manos encuentran un camino para reconocerse sin verse, siempre que un simple beso en la mejilla dice buenos días, cada que nuestra necia costumbre de observarnos de reojo sin decirnos hola, dice más que un simple hola.

Suelo volverme loco de dicha cada que nos topamos de frente, cada que hallamos en ese breve abrazo de despedida un momento de calidez para el alma, cada que nuestros labios se posan tan cercanos en nuestros rostros, impulsados por esa añoranza y esa nostalgia tan característica de nuestra frialdad.

Y no suelo sentirme tan extrañamente feliz como ahora, incluso ahora, que ya no hay más que silencio y espacio entre nosotros, porque también aquí hallo felicidad, la encuentro cuando nos extrañamos de esta extraña manera; sí esa que denota que tanto nos importamos el uno al otro como para ignorarnos, sabiendo que no soportamos un minuto más sin correr a los brazos del otro; aun cuando no soportaríamos ni diez segundos abrazados a una fría y dura piedra, aun cuando no soportaríamos ni cinco segundos en los brazos del otro.

Ahí en nuestra inmensa soledad, hallamos una muestra de humanidad, ajena a la fatua y gris ciudad, inmersa en nuestro cariño y voluntad.

 

por Jorge Rodríguez



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