Ella, ella era una dulce muchacha feliz y completa, plena y satisfecha con todo lo que la vida le ha otorgado, dependiente siempre de sus seres amados para vivir feliz, exitosa en su trabajo; con una persona que siempre veía por ella, la apoyaba, a pesar de no estar siempre cerca de ella, la llenaba de detalles, cariño, amor y felicidad.

Siempre al pendiente de ella, día y noche, sus buenos días por las mañanas, sus buenas noches y al final del día se contaban todo lo que había acontecido en sus trabajos y sus casas, ansiosos por esos largos descansos y merecidas vacaciones. Largos paseos en los cuales reafirmaban su unión y amor, el sueño de toda mujer: él, un hombre responsable, cariñoso, honesto y trabajador, paciente a su regreso y un hombre honorable, bueno y dentro de todo lo maravilloso faltaba “algo” que no sabías, hasta que llegué yo.

Yo era ese algo que te hacía falta, ese algo que te causaba sonrisas, emociones, sensaciones, ese algo que no conocías y que ya no podías dejar de tenerlo, pero sólo era un complemento que necesitabas, no necesitabas todo lo demás de mí, mis compromisos, mi vida tal como era, mi tiempo; no, sin embargo sólo necesitábamos esos 5 minutos juntos, esos 5 minutos de vernos, escucharnos, sentirnos, entregarnos, y luego volvíamos a nuestra vida, rutina, compromisos.

Nos amamos, nos enloquecimos en cada partida, en cada regreso, en cada despedida y en cada bienvenida; yo seguía siendo ese algo que tu vida necesitaba, mi sueño era ser todo, lo que ya tenías, ser todo lo que necesitabas, todo lo que soñabas, y tal vez lo era, pero tu otro lado también y es difícil poner en la balanza el lugar de cada uno.

No me gusta ser elección, ni duda, me hago a un lado, para que busques ese “algo” en él, tal vez lo ames más que a mí, pero nunca te amará como lo hago yo.

 

por Capitan Barbosa



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