Ella fue directa y sincera desde el principio, le pidió sin miramientos un amor de verdad, uno que no se marchitara, un amor para contar. El final (si es que llegaba) no importaba que fuese en un mes o nunca, sólo importaba el momento, un amor donde las caídas serían menos que las veces que se levantarían juntos, uno sin destiempos, con entrega. Ella quería un amor a la antigua, con notas dejadas en la puerta del refri, besos en las mañanas, películas de arte y un poco de lecturas de poemas, ella quería hacerle el amor con total entrega. Poco más que eso pedía….pero ese “poco” sería siempre con él.

Él no fue sincero en un principio -tampoco al final-, usó siempre máscaras y a la fecha no se sabe a ciencia cierta quién es. Él quería un amor de mentiras, de esos que no deberían llamarse amor, él buscaba una persona que fuese más que amiga y menos que  novia, sus tiempos ya estaban contados porque antes de empezar él sabía cuándo terminarían, él buscaba sexo sin explosión de sentimientos, un amor a la ligera, sin ataduras, sin ganas de ser y estar.

La vida dio tumbos y los puso a cada uno en el sitio que querían, ella logró ese amor anhelado y él sigue hablándole pidiéndole regresar.

“...La cobardía es asunto de los hombres, no de los amantes. Los amores cobardes no llegan a amores, ni a historias, se quedan allí.
Ni el recuerdo los puede salvar, ni el mejor orador conjugar...”

Silvio Rodríguez, Óleo de una mujer con sombrero

por Ariadna Rodriguez



     Compartir         Compartir